1. Palabras de la Sabiduría

«Oh tardos de corazón, ¿por qué no venís? ¿Acaso no se os ayudará si queréis volver? Cuando empezáis a caminar por las sendas del Señor, os aturden con su zumbido las moscas y mosquitos, ¡pero aventadlos con el aliento del Espíritu Santo, espantadlos cuanto antes de vuestro lado! Apresuraos, que Dios os ayudará. No acudáis con subterfugios a servir al Señor, y Su mano os confortará».
Pero en el suelo de este edificio vi tres imágenes más: una se reclinaba en las columnas mencionadas y las dos restantes estaban de pie, ante ella y a sus lados: las tres miraban la columna de la Humanidad del Salvador y la torre. La que se apoyaba en las columnas era tan ancha como el espacio que podrían ocupar cinco hombres de pie uno junto a otro; pero me fue imposible discernir bien su altura, tan inmensa que atalayaba todo el edificio. Su cabeza era grande y, con sus ojos claros, escudriñaba agudamente los cielos. Era toda diáfana y límpida, como una serena nube. Mas no advertí en ella ningún otro rasgo humano.
Y resonó su clamor por todo el edificio, cuando dijo a las demás virtudes: