1. Palabras de la humildad

La primera imagen ceñía una corona de oro, con tres ramas que, en lo alto, descollaban, y deslumbrantes adornos de piedras preciosas verdes y rojas, y perlas blancas. En su pecho llevaba un espejo luminoso en el que aparecía, con mirífica claridad, la imagen del Hijo encarnado de Dios.
Y habló así:
«De las mentes humildes soy columna; de los corazones arrogantes, la guadaña que los siega. Empecé por lo pequeño y subí hasta la escarpada altura de los cielos, mientras que Lucifer trató de enaltecerse y en desmedro cayó, abatido al abismo. Que quien desee imitarme, ser mi hijo, como madre suya abrazarme, cumpliendo conmigo mi obra, desde el fundamento ascienda dulcemente a las alturas. Oh hombre, te diré qué quiere decir esto: considera primero la vileza de tu carne y asciende, entonces, paso a paso, de virtud en virtud, con suave y apacible ánimo; mira: a quien se agarre primero a la rama más alta del árbol para subir, pronto le sorprenderá la caída; el que, en cambio, queriendo ascender, empiece por la raíz, difícilmente caerá, si avanza con cautela».