35. La salvación de las almas

La imagen que, en el mismo extremo, estaba sobre el muro representa la salvación de las almas, que resplandeció en el cénit de la autoridad de la Nueva Gracia, llegado el ocaso de la antigua austeridad de la Ley; la discreción es su fundamento: con ella y sobre ella apareció la salvación de las almas, surgida en el Hijo de Dios cuando nació de una Virgen por la redención de los hombres. Llevaba la cabeza descubierta, y negros y rizados cabellos: se ha desnudado de las ataduras de la servidumbre, libre es su naturaleza, pues está unida abiertamente al Hijo de Dios que la suscitó con misericordia; pero sus cabellos eran negros porque, en el pueblo judío, latía oculta entre la espesura, sin gozar la claridad verdadera, sino frondosa, con los cabellos rizados de la variedad de observancias.
Su semblante era oscuro porque antes de la Encarnación del Hijo de Dios, en las sombras de la muerte, no parecía albergar la felicidad de la salud eterna. Vestía una túnica entretejida de muchos colores: pues en el antiguo pueblo la rodeaba, con gran diversidad, una mezcla de obras desiguales, en las que también se entretejían muchos vicios.
Y viste cómo, despojándose de la túnica y los zapatos, quedó desnuda porque, borrada la muerte en la Pasión de Mi Hijo, cuando, tras la venida del Espíritu Santo, los clamores y palabras de los apóstoles se difundieron hasta los confines del mundo, se levantó la salvación de las almas: se despojó de las obras de tinieblas, de los pasos de las sombras se despojó, desnuda y gallardamente liberada del yugo del Demonio, diciendo para sí: «Oh tú, miserable Demonio, jamás me habrías soltado si no hubiera sido redimida en la san-ere del Cordero. Sí, en el lago del infierno quisiste retenerme, pero ahora, por la gracia del Señor, soy libre».
Y, de pronto, sus cabellos y su rostro resplandecieron con la belleza de una nueva alborada, como un recién nacido: después de la Encarnación de Mi Hijo, creció un pueblo numeroso, a semejanza de sus cabellos: plenamente iluminado el semblante interior del alma, abrazado a la verdadera y esplendorosa justicia, pueblo que busca la dicha imperecedera, que, con el albor de la vida y con su liberación como fieles miembros unidos a Cristo, su Cabeza, confía en ser salvado para la vida eterna, por la nueva regeneración y por la verdadera inocencia de recién nacido. Y ya todo su cuerpo rutilaba, como un esplendor diáfano y puro relumbra en su halo: porque por todos sus miembros -por el pueblo fiel sometido a ella en Mi Hijo- se ha hecho pura con la sencillez de la paloma y diáfana con la luminosa belleza de la justicia del Señor.
Y viste en su pecho una cruz fulgurante con la imagen de Jesucristo sobre un arbusto entre dos flores, lirio y rosa, que se curvaban un poco hacia la cruz en lo alto: esta virtud se convirtió en el esforzado pecho del pueblo creyente con la Pasión de Jesús el Salvador, que, por Su martirio, con los pasos de Su buen y recto ejemplo, abatió y conculcó el árbol de la muerte y perdición de Adán; en este combate también se destacaron, por designio del Señor, los dos Testamentos -el Antiguo con la blancura del lirio, y el Nuevo con el arrebol de la rosa-, que retornaron de la perdición de la muerte y se enderezaron, en la altura del entendimiento espiritual, hacia la Pasión del misericordioso y noble Redentor y hacia toda Su justicia. Y viste cómo sacudía con fuerza la túnica y los zapatos que se había quitado, arrojando de ellos una nube de polvo: porque la salvación de las almas muestra, en las nuevas y justas obras de los hombres, que ha sido apartada la túnica de las antiguas costumbres, de todos los viejos vicios, y el mal ejemplo de la desobediencia de Adán, rechazado: la sacude con su implacable juicio, lejos la arroja con desdén, aventando el polvo de la vanagloria y los pecados, tal como más arriba dice de sí misma al presentarse.
Pero que quien temple su oído en el sentido místico, suspire en pos de estas palabras, encendido de amor por Mi espejo, y en la sabiduría de su alma las escriba.