30. La piedad

La tercera imagen, que estaba a la izquierda en el trío, simboliza la piedad, que no alberga odio ni envidia ante la dicha humana, sino que, siempre exultante, festeja la felicidad de todos los hombres, y con cuya lozanía y exuberante fervor la templanza resiste, por la parte izquierda, el embate del Demonio: porque la piedad es la obra consumada de la templanza en la lucha signífera y, merced a ella, siempre se alza victoriosa.
Vestía una túnica de un rojo intenso como el jacinto, pues una espléndida obra, bajo la que laten los tormentos sangrantes padecidos con gallardía, la envuelve: soportar el agravio siguiendo el ejemplo de la Pasión de Mi Hijo. En su pecho había un ángel con un ala a cada lado, porque el hombre ha de imitar con su pensamiento a los ángeles, amando cada uno de los mandamientos de Dios: que, desde sus dos lados, la prosperidad y la adversidad, con cada ala y ambas alas a la par, con el Dios Uno y mediante esta virtud gemela, sin ensalzarse por encima del bien ni dejarse humillar por el mal, se eleve para volar, para mirar a Dios con el corazón puro, remontándose a la altura y no abatiéndose a la tierra.
Su ala diestra se extendía hasta el hombro derecho de la imagen: la prosperidad humana tiende su diestra -la salvación de las almas- en auxilio de la piedad, pues Mi Hijo llevó a los hombres de vuelta a su patria. Y el ala izquierda, hasta el hombro izquierdo: porque en la izquierda -frente a la hostilidad de las insidias diabólicas- el hombre fiel extiende el ala voladora con la que rechaza las obras de tinieblas, elevándola al refugio de Mi Hijo, en Quien se fortalece contra toda adversidad, imitando la vida de los justos, como esta misma virtud proclamaba con las palabras que antes escuchaste.