9. Todo fiel debe someterse a la autoridad humana

Que ningún fiel que quiera obedecer humildemente a Dios dude en someterse a la autoridad humana; porque, para eficacia y bien de los vivos, ha sido dispuesto, a través del Espíritu Santo, un magisterio sobre el pueblo, que se mantiene en las observancias de la Iglesia y ha de ser fiel y firmemente guardado, tal como se prefiguró en la Antigua Alianza.
Así pues, has visto el muro emplazado entre el ángulo septentrional y el occidental del mencionado edificio; su parte interna la formaba una arquería, igual que una cancela, pero de arcos ciegos, porque desde el ángulo septentrional -desde el combate de Abraham y Moisés contra el Demonio- hasta el ángulo occidental -la Trinidad verdadera, que fue revelada a plena luz en la verdadera fe católica cuando Dios Padre envió a Su Hijo al mundo, hacia el fin de los tiempos, para que difundiera a raudales Su doctrina- hay un muro: el pueblo de los israelitas, establecidos bajo la Ley de la justicia de Dios, que construyeron el edificio de la bondad del Padre Omnipotente, sometidos al Antiguo Testamento y por él unidos; porque, después de manifestada la austeridad que la ira de Dios impuso mediante las instituciones de la antigua Alianza, se anunció el magisterio de las nuevas autoridades.
El Antiguo Testamento perduró hasta el Nuevo, y de su semilla germinaron los preceptos de la ley del Nuevo Testamento, superiores a cuantos habían nacido primero en aquel; y así, de lo menor floreció lo mayor: de la doctrina menor de los antiguos preceptos nació la doctrina mayor y más amplia de los nuevos. Porque el Antiguo Testamento era sólo como el primer fundamento, sobre el cual se edificó la sabiduría más profunda de toda la doctrina revelada en la Encarnación del Hijo de Dios; y perduró desde la antigua ley de la circuncisión hasta el nuevo precepto del bautismo, que está engalanado con los mandamientos mayores.