20. Castigos y consuelos de Dios a los hombres

Y así como Yo, el Dios Omnipotente, apremio a estas ovejas para que vengan a Mí, también afianzo Mis columnas: a Mis herederos celestiales fortalezco con el fundamento de Mi castigo, según la furia con que irrumpa contra ellos, envolviéndoles, la maldad del pecado de Adán, porque no podrían mantenerse firmes si no los consolidara Mi gracia. A los que, de entre ellos, no están postrados bajo una carga tan onerosa de vicios, los amedrento con liviano castigo, pues si los escarmentara con más recio látigo, caerían, del todo exánimes, en la desesperanza, al no estar encadenados por el soplo del más fiero torbellino del hechizo diabólico.
A otros, en cambio, postrados por el ataque del Demonio bajo una carga más grave, con el descarrío de conductas execrables, con la desmesura de las apetencias, los someto bajo el duro yugo de los más intensos quebrantos para que no abandonen Mi alianza, en la que participan, pues quieren abrazarme con todo su afán y observar Mis preceptos, y, si los castigara levemente como a los anteriores, en nada tendrían Mis reproches, porque la antigua serpiente les acomete con el más encarnizado embate.
Y hay algunos, exiliados de la patria celestial, a los que desconozco, pues Me han dejado enteramente por la codicia de sus corazones, una furia voraz los posee: ni Me buscan, ni quieren conocerme, sino que asfixian en sus entrañas los buenos deseos, así que no Me piden auxilio, sólo ansian celebrar el banquete de sus propios afanes, deleitándose en las apetencias de la carne.
Pero, de entre estos, hay algunos que obran cuanto les place en la desmesura y deleite de la carne, y que, sin embargo, no rebosan odio ni envidia, sino que se regocijan con livianos placeres, disfrutando de los goces y dulzuras de su carne: a estos les dejo que prosperen, ricos en frutos de la tierra, para que no desfallezcan en la pobreza, porque también han sido creados por Mí, y porque no engullen con su malicia a Mi pueblo; por eso reciben según sus deseos. Pero hay otros tan feroces en la desmesura de su amarga hiél, de su odio, de su envidia, devolviendo mal por mal, reacios a soportar afrenta alguna recibida, que, si tuvieran honores y riquezas mundanos, destruirían en los demás hombres las virtudes celestiales para que no las cultivaran. A estos les niego, por tanto, los frutos de la tierra y las riquezas, y los arrojo a grandes infortunios a fin de que no puedan ensalzarse hasta alcanzar tanto mal como hay en su voluntad, pues cumplirían las obras del Demonio si tuvieran posibilidad de hacerlo.
Así intercepto los caminos de los hombres, buenos y malos, con la recta medida, y sus voluntades pondero según lo que Mis ojos ven en sus deseos, como testimonia la Sabiduría, diciendo con palabras de Salomón: