14. El misterio del Hijo de Dios se muestra entre penumbras

Pero en la cima de esta columna viste una luz cuya claridad superaba cuanto puede expresar la lengua humana: el Padre Celestial irradió desde Su profundo y supremo secreto los misterios de Su Hijo, radiante en Su Padre como diáfano lucero, fulgor que manifiesta toda la justicia en los designios de la Ley y en el Nuevo Testamento: la sabiduría brillando en el apogeo de su luz, tan deslumbrante que no le es posible al hombre, ceniza de cenizas, decirla con sus palabras mientras habite en la podredumbre de la carne.
Y en esa claridad había una paloma, con un rayo dorado en el pico, que irradiaba un inmenso fulgor sobre la columna: es, en el resplandor de la luz del Hijo de Dios, en el corazón del Padre que relumbra, el ígneo Espíritu Santo, por el que fue revelado el misterio del Hijo del Altísimo venido de la suprema altura para redimir a los hombres, cautivos de la antigua serpiente. Mira que el Espíritu Santo inspiró todos los preceptos legales y los nuevos testimonios: antes de la Encarnación del Señor entregó la Ley del fulgor de Su misterio y, en ese fulgor, mostró Su poder en la Encarnación del Hijo de Dios; exhala Su profundo hálito como un haz dorado: la sublime y eximia iluminación de Su ungimiento; infundió los secretos místicos del Unigénito de Dios, colmando con el raudal de Su efusión a los antiguos enviados que, según se ha dicho, anunciaron mediante símbolos al Hijo de Dios y contemplaron admirados al que salió inefablemente del Padre y surgió como prodigioso amanecer en la alborada de la Virgen eterna; con Su fuego encendió vivamente los textos del Antiguo Testamento y del Evangelio, alumbrando la semilla espiritual en la que se erigió toda la justicia.
Y es tan inmensa esta fuerza de la Deidad, que no te es posible contemplar Su divina luz, pues ningún mortal la verá, sino aquellos a los que, entre penumbras, la muestro según Mi deseo. Así que guárdate, también tú, de atreverte a escrutar temerariamente lo divino, como te ha enseñado el temblor que te sobrecogió.