27. El Padre envió a su Hijo al mundo en el tiempo señalado

La distancia entre el edificio y el fulgor del círculo mencionado, que se extendía hasta las profundidades del abismo, era de un palmo en el vértice oriental: esta es la distancia de los secretos celestiales que media entre la obra del Hijo de Dios -representada como un edificio- cuando vivió en el mundo con un cuerpo sin pecado, realizando muchas maravillas por la bondad del Padre, y el poder del Padre, cuya eximia virtud se expande cual fulgor en lo elevado y en lo ínfimo, cuando envió a Su Hijo al mundo como vértice del ángulo oriental: justicia plena que fue prefigurada por vez primera en Noé, según la admonición del Espíritu Santo, y revelada en la Encarnación del Hijo de Dios. Y entre estos dos misterios había el espacio de un palmo, como una mano extendida del pulgar a los demás dedos: este es el tiempo señalado en el corazón del Padre, pues quiso enviar a Su Unigénito con fuerte mano para que caminara con todas las articulaciones de Sus dedos, que son Sus obras en el Espíritu Santo, hasta que cumpliera la voluntad de Su Padre, sufriendo en la cruz por la mísera y despreciable desobediencia que el Demonio insufló al primer hombre con su sugestión. Por tanto, la misericordia del Señor descendió a la tierra para redimir al hombre, mediante la humanidad del Hijo de Dios, desde la inaprehensible altura de la Divinidad.