16. Dios Padre guardó en su secreto la gloria que perdió el Demonio

Y de pronto viste cómo aquel gran resplandor, que les había sido arrebatado cuando se extinguieron, regresaba junto al Ser sentado en el trono: el inmenso y diáfano fulgor que el Demonio perdió por su soberbia y contumacia -pues Lucifer tenía una luz más pura que los demás ángeles- cuando germinó en él, y en todos sus secuaces, la semilla de la muerte, regresó a Dios Padre, que lo guardó en Su misterio: no era justo que la gloria de aquel esplendor suyo quedara vacía, y Dios la conservó para otra obra de luz.
Sí, Dios guardó el esplendor de esos ángeles -el Demonio y su séquito-, a los que creó desnudos y sin carne, pero radiantes de luz, para el barro con que formó al hombre, a quien cubrió de esta vil materia terrenal, no fuera que se ensalzara queriendo semejarse a Dios; pues aquel que fue creado como lucero de inmenso fulgor, sin la mísera y frágil materia que cubre al hombre, no pudo mantenerse en su elación, porque sólo hay un Dios sin principio ni fin en la eternidad; y es, por ello, el más funesto de los crímenes querer semejarse a El.
Por tanto, Yo, que soy el Dios Celestial, conservé esa radiante luz, arrebatada al Demonio por su maldad, guardada celosamente en Mi seno, y la di al barro de la tierra que formé a imagen y semejanza Mía; tal como haría un hombre si muriera su hijo y no tuviera otros que le heredaran: guardaría su herencia para dársela a otro hijo cuando naciera.