14. La caída del primer ángel y su séquito

Entonces, del misterio del Ser luminoso sentado en el trono, viste salir una estrella de gran esplendor y belleza y, con ella, una multitud de brillantes centellas: porque, por mandato del Padre omnipotente, el ángel Lucifer, que ahora es Satanás, surgió en su origen engalanado con inmensa gloria, ataviado con gran resplandor y belleza; y, con él, todas las centellas de su séquito, entonces lucientes en el fulgor de su luz, pero ahora extinguidas en lóbregas tinieblas. Aquel, inclinado al mal, no Me contempló a Mí, que soy Plenitud, sino que, confiando en sí mismo, creyó poder emprender cuanto tramara y culminar lo que iniciara. Por tanto, la honra que debía al que está sentado en el trono, pues fue creado por Él, se la rindió a sí mismo y de este modo sucumbió en el mal.
Con esa estrella acudieron todas juntas al Sur y, mirando al que se sentaba en el trono como a un extraño, se alejaron de Él, pues más que querer contemplarle, les cautivaba el Aquilón: Lucifer y su séquito, prodigiosamente creados por la ardiente bondad de Dios, se aventuraron, con oblicuas miras, por los desvíos: despreciaron con soberbia al que reina en los cielos; todos ellos, surgidos al principio de la creación, saborearon la impiedad que es senda de la condena, y miraron al Señor, no con el propósito de conocerle en Su bondad, sino porque ansiaban prevalecer sobre Él, como sobre un enemigo; con enardecida altivez se apartaron de la ciencia de Dios y se concitaron su propia caída en lugar de querer conocer al Señor en Su gloria. Pero al instante de ese apartar su mirada, todas ellas se extinguieron, convertidas en la negrura del carbón: tan pronto como con su arrogancia, desdeñaron conocer a Dios, Lucifer, con su séquito de malvados, fue despojado del fulgor de radiante luz con que la potencia divina lo había ataviado; destruyó así la belleza interior, semilla de la ciencia del bien, y se hundió en las fauces de la impiedad que lo devoró: extinguido de la luz eterna, en la eterna perdición cayó. Todas se convirtieron, pues, en los negros tizones de un fuego apagado: fueron despojados, con su adalid el Demonio, de su radiante esplendor y en la tenebrosa perdición se extinguieron, privados de toda la gloria de la dicha, como carbón sin lumbre.
He aquí que, al poco, se levantó de entre ellas un viento entorbellinado que las arrojó del Sur, detrás del Ser sentado en el trono, hacia el Aquilón, y las precipitó a un abismo, así que ya no pudiste divisarlas más: este es el furioso torbellino de impiedad que se alzó entre estos ángeles de la ignominia cuando quisieron prevalecer sobre Dios y con su soberbia oprimirle; arrambló sus ráfagas hacia la más amarga sombra de la ruina y los aventó del Mediodía, que es el bien, atrás a las tierras del Aquilón, que es el olvido de Dios, Rey del universo; y allí donde quisieron en su arrogancia ensalzarse, encontraron su confusión y su caída: su soberbia los arrojó al abismo de la muerte eterna, perdición suya, y ya nunca más brillarán en la luz, tal como dije por boca de Mi siervo Ezequiel al bosque del mediodía, que debió brindar el ardiente fruto de la justicia y no lo hizo: