3. El profundo misterio de Dios es inaprehensible

En el trono se sentaba un Ser viviente, inmerso en la luz de una prodigiosa gloria, y de una claridad tal, que no pudiste verlo con nitidez; tenía en su pecho una masa cenagosa de limo negro, cuyo tamaño era como el corazón de un hombre grande, rodeado de piedras preciosas y de perlas: este es el Dios vivo que reina sobre todas las cosas, resplandeciente en Su bondad, prodigioso en Sus obras, cuya inmensa claridad, por la hondura de Su misterio, no puede hombre alguno captarla plenamente, salvo cuanto le sea posible comprenderle y llevarle en la fe, igual que un asiento contiene y abraza a su dueño. Y así como el asiento está sometido a su dueño y no puede alzarse contra él, tampoco la fe ansia mirar con soberbia a Dios, sino sólo tocarle, con íntima devoción.