23. El auxilio de Dios

Si, en cambio, hay un hombre tan contumaz que desprecie el auxilio del Señor para resistir al Demonio, este no cejará en su asedio, pues verá surgir también en él la lóbrega sombra de la iniquidad, la cual enervará con tal amargura su cuerpo, que se marchitará en el quebranto. Porque cuando un hombre empieza a cavilar sobre su maldad y le sobreviene la desesperanza, como si no le fuera posible apartarse del mal y obrar el bien, el Demonio, al verlo, dice: «He aquí uno de los nuestros, niega a su Dios y en pos de nosotros se vuelve. Apresurémonos, corramos veloces a él, encerrémosle en nuestras celadas, que no escape; pues quiere dejar a su Señor y seguirnos».
Pero si el hombre al que acometen estos males por sugestión diabólica -que le mancillan con el homicidio, el adulterio, la gula, la embriaguez y la desmesura de todos los vicios- persevera impenitente en ellos, caerá en la muerte; el que, en cambio, resista al Demonio y se aparte de estos vicios haciendo penitencia, resucitará a la vida. Porque cuando un hombre sucumbe a la concupiscencia de su carne y arrumba los buenos deseos de su espíritu, el Hacedor del universo dice de él: «Este Me desprecia y ama su carne con pecado, sin querer saber que ha de apartarse de la perdición; que sea, por tanto, rechazado». Si, en cambio, alguno ama el anhelo de bien que hay en su espíritu y renuncia al placer de su carne, el Creador del mundo dirá de él: «Este Me contempla y no apacienta su cuerpo en la inmundicia; desea saber que debe alejarse de la muerte: sea, pues, amparado».
¿Cómo? Como dice Salomón, según Mi voluntad: