78. Toda fornicación será duramente juzgada por Dios

Que cuantos se acerquen a Mi altar se presenten en castidad ante Mí; y no sólo ellos, sino también los demás que deseen recibir el sacramento del cuerpo y la sangre de Mi Hijo, no sea que se conciten aciaga ruina. Pero muchos hay -tanto entre los espirituales como entre los seculares- que no sólo se mancillan fornicando con mujeres, sino que, envileciéndose asimismo por fornicaciones contranatura, se ganan la grave condena de un duro juicio. ¿Cómo? El varón que peque con otro hombre como con mujer, peca amargamente contra el Señor y contra la alianza con la que Dios unió al varón y a la mujer. Así que, sórdidos ambos ante el Señor, no son sino calígine y lujuria, abominación y perjuicio para Dios y los hombres: reos de muerte serán, porque al rebelarse contra su Creador, frustran la criatura que ellos mismos son. ¿Cómo?
Dios unió al varón y a la mujer: unió lo fuerte con lo débil para que se sostuvieran uno a otro. Pero cuando estos adúlteros pervertidos cambian su fuerza viril en molicie contra la naturaleza, rechazando la justa armonía establecida entre varones y mujeres, ignominiosamente siguen en su maldad a Satán que, por su soberbia, quiso escindir y quebrantar al Indivisible. Mira que con sus perversas artes han levantado en sus corazones un adulterio atroz y contranatura, así que son a Mis ojos inmundicia y afrenta.
Y el que de este modo peque con mujer, fornicando contranatura, es, a fuer de perverso, un lobo voraz. ¿Cómo? Pues así como los hombres juzgarían indigno y abominable a aquel que, teniendo manjares suculentos y puros, los despreciara para comer, en cambio, las heces expulsadas tras la digestión, también estos son abyectos y sórdidos a Mis ojos, porque abandonan la justa forma de unión con mujer y buscan en ella el pecado de perversión. Y la mujer que, empleando artes diabólicas, se finja varón para simular unirse con otra mujer, no será ante Mi faz sino ignominia, junto con la que se sometió a ella en tamaña afrenta; porque impúdicamente usurparon un derecho ajeno, cuando deberían avergonzarse de su pasión. Y como se han convertido en lo que no eran, extrañas y despreciables criaturas serán para Mí.
También los varones que, tocándose el prepucio, derramen su semen, concitarán aciaga desdicha a sus almas porque, al excitarse así, enteramente se perturban y, por eso, serán a Mis ojos como animales inmundos que devoran a sus crías, pues con perfidia arrojan su semen a tierra en infame polución. Y las mujeres que les imiten, tocándose impúdicamente, y que, incitadas por el ardiente aguijón de la abrasadora lujuria, agiten sus cuerpos hasta extenuarse, son del todo culpables porque deberían mantenerse en la castidad, pero se deshonran en la inmundicia. Así pues, tanto el varón como la mujer que, tocando su cuerpo, derramen sus semillas, infligirán úlceras y heridas a sus almas con este oprobio: incumplieron su obligación de ser castos por amor a Mí. ¿Qué quiere decir esto? Que cuando un hombre se sienta acuciado por el aguijón de la carne, corra a la gruta de la abstinencia y empuñe el escudo de la castidad para defenderse de la ignominia. ¿Cómo? Que avente del trigo las granzas: que arroje de la dulce castidad el estrépito de la lujuria. Quien así avente el gusto del deseo, muy dulce y amable será para Mí. Pero, oh hombres, he aquí que despreciáis la castidad y vais en pos del placer cuando fornicáis no sólo con otros hombres, sino también con bestias, derramando vuestras simientes, no en lo vivo, sino en lo muerto, y abandonáis a vuestros semejantes porque apetecéis lo que os está sometido por servidumbre. Por eso claman contra vosotros los elementos, diciendo: «Ay, ay, nuestros señores se unen a nosotros, mezclándonos con su semilla». Y así muestran su tristeza ante Mi ira por vuestras obras. ¿Por qué, pues, rebajáis vuestra diáfana inteligencia a la necedad de las bestias, si os sabéis hombres? ¿Acaso os he creado para que os unáis a las bestias? En modo alguno. Y si os unís a ellas, se cernirá sobre vosotros el malhadado destino de los más aciagos crímenes, porque despreciáis Mi designio de alianza entre varón y mujer. Pues quien se pervierta en sus actos así que obre cuanto se le antoje, quien se envilezca hasta derramar su simiente con las bestias, se concitará la ruina más atroz, igual que Satanás se abatió él mismo por su sedición cuando quiso semejarse a Dios.
Así pues, resistid vuestras apetencias todos los que os mancilláis con tales perversiones, llenándoos de cizaña y de ignominia; escarmentad vuestros cuerpos con amarga y verdadera penitencia, grandes llantos, ayuno, mortificación de la carne y duras flagelaciones, no sea que, a fuer de impenitentes, os encadenéis a los grilletes de las más funestas culpas.