73. Semejanza con el rey

Cierto rey, cuyo poder era inmenso, había reunido un pequeño ejército. Un día lo revisó con esmero: viéndolo poco aguerrido, eligió a uno de entre ellos y, junto con otros hombres comunes, de la plebe, que le parecieron idóneos para el mando, lo puso al frente de su ejército, porque la excelente estirpe de la nobleza militar no había madurado aún. Pasado el tiempo, el ejército creció y los nobles alcanzaron la edad de la sazón; entonces, el rey estableció un código adecuado a fin de regular bien su ejército y nombró, para acaudillarlo, jefes y capitanes de entre esos nobles, según la categoría de cada uno. ¿Qué quiere decir esto?
El Rey Celestial, cuya fuerza todo lo supera, reunió, al plantar la Iglesia, un pequeño ejército de creyentes. Cuando lo examinó con detenimiento, lo halló indefenso y poco curtido aún para afrontar tribulaciones corporales en Su nombre. Entonces envió allí a Pedro -uno de aquellos que primero habían vivido entre afanes terrenos- y, tras él, a algunos más que también habían saboreado en otro tiempo el jugo de la tierra: ardientemente los purificó a todos del oprobio de lo secular y, previendo con Su clarividencia que serían sagaces y fieles para sanar las almas y apacentar los cuerpos al abrazar la fe católica, los puso al frente con la misión de atar y desatar; porque la rutilante alborada que abrasa la ignominia humana con el ardor de la castidad aún no había difundido ampliamente entre los hombres las flores de Su dulzura. Pero ahora que la numerosa estirpe de la Iglesia se ha extendido a lo largo y ancho del mundo, y ha sido noblemente fortalecida la gloria del honor eclesiástico, este Rey Celestial ha otorgado a los hombres dones seculares y espirituales, según Su benigna y justa disposición, y ha designado como sacerdotes y demás ministros de los oficios divinos a quienes conservan honestamente la sobriedad y la castidad, conforme establece el derecho eclesiástico, fundado en la justicia de Dios.
Así que, oh hombre, por cuanto ya en el pueblo espiritual muchos se alzan entablando batalla contra el mundo y contra Satanás, y se ahincan por acercarse a Mi altar en la castidad y el dominio de sus cuerpos, quiero que Mis sacerdotes se presenten ante Mí sin contagio de cópula terrena. Pues si bajo el Antiguo Testamento se ordenaba a los sacerdotes abstenerse de mujer cuando se acercaran a Mi altar, en el Nuevo Testamento Mis sacerdotes cumplen ese precepto en todo el ámbito de sus vidas; así que los antiguos guardaban la castidad durante una hora, mientras que los nuevos la observan desde el principio de la infancia hasta el final de la vejez. Y si no quise recibir de los antiguos un sacrificio mancillado por la cópula con mujer, con mayor razón exigiré ahora que Mi Hijo sea tratado por los nuevos sacerdotes en observancia plena de la castidad.