62. Los ministros de la Iglesia deben ser castos

No vuelvan la mirada a la unión carnal los que eligieron la espiritual. ¿Cómo? Porque aceptaron servirme. Pero si alguno de estos se abrasa en el ardiente deseo de su carne, que macere su cuerpo con la abstinencia y el ayuno, y con el frío y el flagelo se escarmiente. Y si, a la postre, sucumbe en la deshonra con mujer, que escape de esta ponzoña como de un fuego abrasador, como de un mortífero veneno, y con amarga penitencia restañe sus heridas, pues quiero que se Me sirva en castidad. ¿Cómo? Porque Mi Hijo era el más casto, y en Sí Mismo manifestó todas las misiones eclesiásticas. ¿Cómo? En el servir, clamar, predicar y ofrecer. ¿Cómo? Recibió la circuncisión por Su servidumbre, la profecía se cumplió en Su clamor, Él mismo Se predicó a los hombres, y, al final, Se ofreció cual sacrificio vivo en el ara de la cruz. Y por cuanto El mismo Se entregó como holocausto en castidad, quienes deseen ofrecerle el sacrificio en el altar imitarán Su pureza.
Y guardarán la castidad no sólo frente a otros, sino también consigo mismos. ¿Cómo? Así como el sacerdote debe preservarse del contagio con mujer, también ha de protegerse de sí mismo, cuidando de no desencadenar su propia polución por el tacto de sus manos para que el estrépito de la lujuria no alce en él la sedición del pecado. Porque el crimen de Adán, al traer la muerte a los hombres, despertó en ellos el placer de fornicar. Por tanto, que dominen su carne para no subyugarse ignominiosamente a la desventura de la muerte. ¿Cómo? Porque Mi Hijo venció a la muerte y les dio la vida. Y, por cuanto Se revistió de carne en la integridad de la pureza virginal, los que deseen servirle deberán ser también castos, tal como, según precepto divino, está escrito: