36. El sacramento se cumple con la invocación del sacerdote

Ahora pues, como puedes ver, cuando el sacerdote, ofrecido el sacrificio en el altar, empieza a invocarme con las palabras que el Espíritu Santo le ha prescrito, en verdad te digo, oh hombre, que estoy allí en Mi ardiente fuego y con pleno deseo realizo este sacramento. ¿Cómo? Al obrar este misterio, extiendo la llama de Mi cálido amor sobre la oblación desde el comienzo de la invocación del sacerdote, recordando que Mi Hijo, en la angustia de Su Pasión, bendijo el pan y el vino como sacramento de Su cuerpo y Su sangre y lo dio a Sus discípulos para que, también ellos, hicieran lo mismo por la salud de los hombres. Y en verdad os digo que jamás habrá invocación sobre esta ofrenda en memoria de Mi Unigénito sin que en ella se cumpla el misterio de Su cuerpo y Su sangre, que vuestros ojos carnales no podrán contemplar mientras seáis ceniza, salvo lo que vislumbréis, con humilde devoción, por la fe. ¿Cómo? Cuando el pájaro ve que ha puesto un huevo en su nido, abre ardientemente sus alas sobre él y, al confortarlo con su calor, sale el pollito: la cascara queda en el nido, y el nuevo pájaro emprende el vuelo. ¿Qué quiere decir esto?
Cuando se ha ofrecido la oblación del pan y del vino sobre el altar dedicado a Mi nombre en memoria de Mi Hijo, Yo, el Todopoderoso, la transformo milagrosamente, iluminándola con Mi poder y Mi gloria, en el cuerpo y la sangre de Mi Unigénito. ¿Cómo? Por la misma maravilla por la que Mi Hijo Se encarnó de una Virgen, se convierte la ofrenda en Su carne y Su sangre en esta consagración. Pero aquí el pan y el vino son visibles a los ojos exteriores y, en cambio, por dentro permanece invisible la santidad del cuerpo y la sangre de Mi Hijo. ¿Cómo? Cuando Mi Hijo estaba entre los hombres en el mundo, también estaba junto a Mí en el cielo, y ahora que permanece Conmigo en el Cielo, también permanece con vosotros en la tierra. Pero esto es espiritual, no carnal.