Sexta visión
EL SACRIFICIO DE CRISTO Y LA IGLESIA

Luego vi que, mientras el Hijo de Dios pendía en la cruz, aquella imagen de mujer, avanzando presurosa, cual luminoso esplendor, desde el antiguo designio, era guiada junto a Él por potencia divina: la sangre que manaba de Su costado, elevándose a las alturas, la inundó toda y, por voluntad del Padre Celestial, se unió a Él en felices esponsales, noblemente dotada con Su carne y Su sangre.
Y oí una voz que Le decía desde el Cielo: «Sea esta, Hijo Mío, Tu Esposa para la restauración de Mi pueblo, cuya madre será ella, renovando las almas por la salvación del Espíritu y del agua».
Y cuando esta imagen hubo cobrado, así, fuerza, vi como un altar al que reiteradamente se acercaba: allí volvía a mirar, llena de devoción, su dote y se la mostraba con humildad al Padre Supremo y a Sus ángeles. Entonces, mientras un sacerdote ataviado con las sagradas vestiduras se aproximaba al ara para celebrar los sacramentos divinos, vi cómo, de pronto, una intensa luz serena, dimanada del Cielo merced a los ángeles, envolvió en su fulgor todo el altar, y permanecería allí hasta que, oficiados los misterios, el sacerdote se retirara. Y he aquí que, recitado ya el Evangelio de la paz y depositada en el altar la ofrenda para ser consagrada, cuando el sacerdote hubo cantado el himno al Dios Omnipotente, «Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios de los ejércitos», iniciando, pues, el misterio de esta celebración sacramental, un relámpago de fuego, de indescriptible claridad, bajó repentinamente del cielo abierto sobre la oblación y la inundó toda con su luz como alumbra el sol cuanto atraviesan sus rayos. Y mientras así la iluminaba, la elevó invisiblemente a las alturas de los secretos celestes y luego, de nuevo descendiendo, volvió a depositarla sobre el altar, como cuando un hombre inspira su aliento y después lo exhala: la ofrenda se convirtió en carne y sangre verdaderas, aunque a los ojos de los hombres semejara pan y vino.
Según contemplaba todo esto, aparecieron de pronto, como en un espejo, los signos de la Natividad, la Pasión, la Sepultura, la Resurrección y la Ascensión de nuestro Salvador, el Unigénito de Dios, tal como Le ocurrieron cuando estaba en el mundo. Pero mientras el sacerdote entonaba el cántico del Cordero Inocente -«Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo»- y se preparaba para tomar la santa comunión, el relámpago de fuego se recogió en los Cielos, que se cerraron, y escuché una voz venida de ellos, diciendo: «Comed y bebed el cuerpo y la sangre de Mi Hijo para borrar la culpa de Eva y que así podáis ser restituidos a la justa herencia». Y en tanto los demás hombres se acercaban al sacerdote para recibir el sacramento, advertí que, por sus rasgos, se agrupaban en cinco géneros: unos eran de cuerpo luminoso y alma ígnea; otros, en cambio, parecían de cuerpo pálido y alma tenebrosa; había algunos de cuerpos hirsutos y alma sórdida por la mucha inmundicia del pecado humano; otros, con el cuerpo rodeado de espinas muy afiladas, semejaban leprosos de alma; y los últimos llevaban el cuerpo ensangrentado y era su alma fétida como cadáver putrefacto. Pero, al recibir cada uno de estos el mismo sacramento, a algunos llenó de luz un resplandor de fuego y a otros, en cambio, una oscura calígine los entenebreció. Después de terminados estos misterios, mientras el sacerdote se retiraba del altar, aquella luz serena que, venida del cielo, inundaba todo el ara con su fulgor, como se ha dicho, se recogió en las alturas de los secretos celestes.

Y volví a oír una voz que desde el insondable cielo me decía: