32. El Evangelio, sobre cuantos hacen leyes según su corazón

Así pues, quienes se hacen leyes para sí mismos según su corazón sin buscar, por tanto, Mi voluntad, antes llegarán con ello a la penuria que a la sazón, como de nuevo testimonia Mi Hijo en el Evangelio, diciendo: «Toda planta que no haya plantado mi Padre celestial será arrancada de raíz» . ¿Qué quiere decir esto? Toda semilla de la ciencia del corazón, de la mente y de las costumbres que brote en la lozanía de la vida humana cuando el hombre la siembre dentro de sí, y a la que después fomente con su pasión y le haga dar frutos allí donde su voluntad le dicte -haciéndole medrar ya sea en la exaltación del espíritu, o en la arrogancia de la carne, o en la desmesura de los vicios, o en el subterfugio, o en la veleidad-, planta por la que suba y baje imprudentemente en sus devaneos sin discernir nunca dónde arraiga -sin querer saber si es útil o inútil- será, en verdad, arrancada por justo juicio: porque esta siembra que da semejantes frutos no la ha plantado el Padre que habita en los cielos y en toda la justicia. Y, erradicada, se secará; pues no florece con el rocío del cielo, sino con la savia de la carne. ¿Cómo? Porque el hombre la ha plantado según su insensata ciencia, sin querer contemplar la justicia ni la voluntad de su Creador, sino mirando al que siempre mueve infatigable la rueda de su carne.
Pues lo que en ocasiones consideran bueno cuantos, engañado el corazón, no quieren fijar profundamente sus ojos en el Señor, irá a la ruina si no lo aviva el aliento del Espíritu Santo, porque como vanagloria pasará. Mira que cuando los hombres son fatuos, ya sea desmayados por el hastío, ya sea instigados por la sed de gloria, muchas veces se ensalzarán con soberbia, subterfugios y ánimo envidioso, y, otras muchas, la inquietud, la ira y la rebelión contra las instituciones que dimanan de Mí los desgarrarán, y se ocultarán unos a otros los bienes que medran, no en la yerta tibieza, sino en el ardiente deseo de progresar día a día.
Porque cuanto de Mí fluye brinda al alma dulce y suave sabor y siempre avanza perseverante, sin mirar atrás con incertidumbre. Dichoso, pues, aquel que, confiando en Mí, libre su esperanza, desde el principio hasta el fin de sus obras, no en sí mismo sino en Mí. El que así obre, jamás caerá; pero quien quiera subsistir sin Mí, irá a la ruina. ¿Y quiénes son estos? Los que por vanagloria siembran en sus corazones lo inaudito, los que, sintiendo hastío bajo Mis preceptos, en sí mismos confían. Ah, mas no serán escarnecidos Mis dones como un viejo vestido, enojoso a juicio de los hombres: mira que son, en su sencillez, siempre nuevos, y cuanto más antiguos, más valiosos.
Por tanto, todo lo que los hombres conciban sin inspiración Mía, en la vanidad de sus costumbres, por sus fatuos afanes será aventado; y aunque, a veces, parezca subsistir en presencia de los hombres, de Mis ojos lo apartaré y lo tendré por nada, como, de nuevo, está escrito en el Evangelio: