3. Los ministros de la Iglesia deben observar la castidad

Por tanto, los que, estando consagrados, deban ofrecer a Dios el sacrosanto sacrificio, se acerquen a Su altar en la dulzura de la castidad. Pues si ellos mismos fueran causantes de la corrupción, ¿cómo podrían tender la mano del bálsamo salutífero a los heridos por la corrupción? Por eso, para que puedan dar a otros el remedio de la salud con la mayor confianza, quiero que imiten vivamente a Mi Hijo en el amor a la castidad. Que si sucumben, se apresuren a levantarse velozmente con la penitencia y huyan, así, del oprobio del pecado como si estuvieran desnudos, buscando el remedio salutífero y siguiendo con fidelidad a Abel, cuyo sacrificio complació al Señor.