1. El esplendor de las enseñanzas apostólicas en la Iglesia

Por eso has visto que a la imagen de aquella mujer rodeaba, relumbrando desde su cabeza hasta su garganta, un resplandor blanco como la nieve y diáfano como el cristal: porque a la Iglesia, Esposa incorrupta, rodea la enseñanza apostólica que reveló la purísima Encarnación de Aquel que descendió de los cielos al útero de la Virgen y es el espejo más vivo y claro de todos los creyentes; así que esta enseñanza abraza y envuelve fielmente en su espléndido fulgor a la Iglesia desde su principio, cuando empezó a ser edificada, hasta el tiempo en que ya fue capaz de hacer pasar por su garganta y asimilar el alimento de vida. ¿Cómo?
La enseñanza apostólica rodeó con su luz la cabeza de la Iglesia cuando los apóstoles empezaron a edificarla con su prédica: cuando recorrieron las distintas tierras, reuniendo trabajadores que la afianzaran en la fe católica, la proveyeran de sacerdotes, epíscopos y todas las órdenes eclesiásticas, y que establecieran fielmente los derechos de hombres y mujeres bajo la alianza matrimonial y otros vínculos semejantes. Por eso su enseñanza continúa en sus herederos, los ungidores(NT: los sacerdotes), semejantes a los sacerdotes del Antiguo Testamento: pues igual que a estos se los escogía bajo la ley de la circuncisión para sostener al pueblo con el alimento interior, también los apóstoles eligieron estas órdenes con las que ornaron la Iglesia por inspiración divina. ¿Qué quiere decir esto?
Sus sucesores, que llevan fielmente, en lugar de aquellos, el bálsamo de la salud, recorren las plazas, las aldeas, las ciudades y otras regiones y tierras y anuncian al pueblo la Ley divina. Porque son padres escogidos y administradores que difunden con su enseñanza la doctrina de la Iglesia entre el pueblo todo y le reparten el alimento de vida; por tanto, han de comportarse de forma que Mi grey no sienta afrenta por sus obras y camine rectamente en pos de ellos; mira que suya es la misión de suministrar abiertamente al pueblo el pan de vida y ordenar a cada uno, con discernimiento, las tareas de la fe, por lo que deberán mortificarse a fin de no apetecer la cópula carnal; pues han de entregar a los creyentes el alimento espiritual y ofrecer al Señor un sacrificio inmaculado, según se prefigura en el ejemplo del inocente Abel, de quien está escrito: