26. La caída de Adán selló los cielos

La caída de Adán selló los Cielos por Mi ira: cuando el hombre Me despreció al escuchar a la astuta serpiente; así que se cerró para él toda la gloria del Paraíso. Este sello se mantuvo hasta la venida de Mi noble Hijo que, por voluntad Mía, entró en las fluyentes aguas del Jordán, donde resonó dulcemente Mi voz cuando dije que Aquel era Mi Hijo amado, en Quien Yo bien Me complacía; porque quise que el hombre fuera redimido, en el ocaso de los tiempos, por Mi Hijo, unido a Mí en el luminoso fuego como el panal a la miel. Le envié, entonces, al manantial que Me designa, pues manantial de aguas vivas soy, para que Él, fuente de salvación, resucitara de la muerte eterna las almas de cuantos recibieran, por don del Espíritu Santo en el agua, la remisión de las culpas. Por eso se manifestó allí el Espíritu Santo, porque a través de Él se otorga a los fieles el perdón de los pecados: allí, por místico secreto, Mi Unigénito fue mostrado por el Espíritu Santo, aparecido en forma de paloma, símbolo de la sencillez y la pureza, pues el Espíritu Santo es, en la sencillez y bondad de todo bien, la justicia inexhaustible. Y así debía ser: porque Mi Hijo nació de una Virgen sin mancha alguna de infamia para que también el hombre, nacido de varón y mujer en la culpa, renaciera espléndida y gloriosamente sin pecado, tal como dice Mi Hijo a Nicodemo en el Evangelio.