19. La exhortación del Espíritu Santo contra la antigua serpiente

La admonición del Espíritu Santo apareció con Noé, cuando el género humano se encaminaba a la muerte y Yo alcé el arca sobre las aguas del diluvio. Porque antes de los siglos previ que, desaparecida esa estirpe inicua, enteramente mancillada en la oscuridad del oprobio, surgiría una nueva. Pues muerto Adán, sus descendientes, ignorando que soy Dios, erraban diciendo: «¿Quién es Dios?, ¿quién es Dios?». Y entonces nació en sus corazones todo el mal, así que la antigua serpiente, libre su poder, se deslizó entre ellos y les persuadió para que hicieran cuanto quisieran; mira que en aquel tiempo estaba sin cadenas porque antes del diluvio aún no la había amenazado la admonición del Espíritu Santo que enarbolé contra ella en Noé, de quien surgió una nueva estirpe, cuando di a Mi pueblo una lección tal, que nunca pudiera olvidarla.
La admonición del Espíritu Santo la conminó por vez primera con Noé; después, la circuncisión hirió su quijada con Abraham; y, al final, la Iglesia la encadenó hacia el ocaso de los tiempos, hasta que transcurra el mundo en el último día. Pero dejé que el Demonio ejerciera su potestad en el mundo antes del diluvio por la antigua lucha en la que derrotó a Adán, hasta que hubiera hartado su vientre con el cadáver de la iniquidad toda; y así lo permití porque justo es Mi juicio. Por eso también Me levanté, cual monte del diluvio, y di muerte a los pecadores, guardando en Mi misterio a Noé, al que Satanás no pudo arrebatar pues estaba en Mi voluntad: sobre las aguas del diluvio. Y en el diluvio prefiguré el germen de justicia, Mi Hijo: os anuncié, oh hombres de un tiempo nuevo, a Aquel que vendría envuelto en silencio al mundo y manifestaría que la Santa Trinidad debía ser verdaderamente adorada. ¿Cómo?