2. Las Tres Personas

Así, ves una luz muy esplendorosa que sin sombra de quimera, defecto ni engaño, representa al Padre; y, en ella, una forma humana del color del zafiro, que, sin mancha de ofuscación, envidia o iniquidad, designa al Hijo, engendrado por el Padre antes de los siglos, según Su divinidad, pero después encarnado en el mundo, en el tiempo, según Su humanidad; y ardía entera en un suave fuego rutilante, fuego que, sin huella de aridez, mortalidad ni calígine, manifiesta al Espíritu Santo: por Él fue concebido, según la carne, el Hijo Único de Dios, nacido de una Virgen en el tiempo, que irradió en el mundo la luz de la claridad verdadera. Y esa esplendorosa luz inundaba todo el fuego rutilante, y el fuego rutilante, la esplendorosa luz; y la esplendorosa luz y el rutilante fuego inundaban toda la forma humana, siendo una sola luz en una sola fuerza y potencia: pues el Padre, que es suprema equidad, pero no existe sin el Hijo y sin el Espíritu Santo, y el Espíritu Santo, que enciende los corazones de los fieles, mas no existe sin el Padre y sin el Hijo, y el Hijo, que es fruto pleno, pero no existe sin el Padre y sin el Espíritu Santo, son inseparables en la Majestad de la Divinidad. Porque el Padre no es sin el Hijo, ni el Hijo sin el Padre, ni el Padre y el Hijo sin el Espíritu Santo, ni el Espíritu Santo sin Ellos. Así, estas Tres Personas son un solo Dios en una sola e íntegra Majestad Divina; y la Unidad de la Divinidad subsiste indivisiblemente en estas Tres Personas porque la Divinidad no puede ser escindida, pues permanece siempre inviolable, sin mudanza alguna. Pero el Padre se manifiesta a través del Hijo; el Hijo, por el nacimiento de las criaturas; y el Espíritu Santo, por el Hijo encarnado. ¿Cómo? El Padre es Quien engendró al Hijo, antes de los tiempos; el Hijo, Aquel por el que el Padre hizo todo cuanto existe, en el principio de la creación; y el Espíritu Santo es el que, con forma de paloma, apareció en el bautismo del Hijo de Dios, cercano el ocaso de los tiempos.