13. El Hijo de Dios venció con su muerte al Demonio

Entonces viste surgir, de aquel fulgor de alborada, un Hombre muy luminoso que irradió Su claridad sobre las tinieblas, pero estas lo rechazaron; así que, arrebolado en sangre y blanco de palidez, se reviró contra ellas, ahuyentándola su embate con tal fuerza, que el hombre que en ellas yacía, tocado por Él, se revistió de luz y, levantado, salió de allí: esto representa la Palabra de Dios, inviolablemente encarnada en la pureza de la inmaculada virginidad y nacida sin dolor, mas sin separarse del Padre. ¿Cómo? Cuando el Hijo de Dios nació de Su madre en el mundo, apareció en el Padre, en el Cielo, por lo que, al instante, los ángeles exultaron y, alborozados, cantaron dulcísimas alabanzas. Él, que sin mancha de pecado pasó por este mundo, irradió la luminosa bienaventuranza de Su doctrina y Su salvación en las tinieblas de la impiedad; pero, rechazado por el pueblo incrédulo y llevado a la Pasión, derramó Su preciosa sangre y probó en Su cuerpo la calígine de la muerte. Así venció al Demonio, del Hades rescató a Sus elegidos, allí cautivos y postrados, y los condujo misericordiosamente, con el aliento de Su redención, a la herencia que por Adán habían perdido. Y mientras llegaban a su heredad, prorrumpieron tamboriles y cítaras, y todos los cantos con músicas llenas de adornos, porque el hombre, que yacía en la perdición, levantado ya en la bienaventuranza y por Suprema Virtud rescatado de la muerte, escapaba de sus cepos, como anuncié por boca de Mi siervo Oseas: