8. Adán aceptó la obediencia, pero quebrantó su promesa

Hecho esto, el lucidísimo fuego, a través de la llama que, con un ligero soplo, intensamente ardía, dio al hombre una blanca flor, que pendía de la llama como de la hierba el rocío: creado Adán, el Padre, que es la luminosa serenidad, le brindó, a través de Su Palabra en el Espíritu Santo, el dulce precepto de la diáfana obediencia, unido a la Palabra en la fragante lozanía de su florecer; porque el Padre derramó, por la Palabra en el Espíritu Santo, la suave esencia de santidad, haciendo brotar el mejor y más exuberante fruto, como una lluvia pura que, al caer sobre la pradera, la esmaltara de flores. Y cuya fragancia sintió, en verdad, la nariz del hombre, pero ni la saboreó su boca, ni sus manos la tocaron: pues atrajo hacia sí el precepto de la Ley con el entendimiento de la sabiduría como aspirándolo con su nariz, pero no saboreó plenamente su fuerza con el íntimo abrazo de su boca, ni con la obra de sus manos lo llevó a cabo en la sazón de la bienaventuranza. Y así, apartándose, se precipitó en unas lóbregas tinieblas de las que ya no pudo alzarse: por consejo del Demonio volvió la espalda al precepto divino y cayó en los terribles cepos de la muerte, al no buscar al Señor ni con la fe ni con las obras. Por tanto, no pudo levantarse, postrado bajo su culpa, al conocimiento verdadero de Dios hasta la venida de Aquel que, libre de pecado, obedeció plenamente a Su Padre.
Y las tinieblas crecieron, dilatándose más y más en el aire: porque el poder de la muerte aumentó, según se propagaba, más y más a lo largo y ancho del mundo, la cizaña: la ciencia humana se envolvió en la discordia y la multiplicación de los vicios por el horror de pecados que estallaban exhalando miasmas.