30. Palabras de Dios a los hombres

Por tanto, oh bienamados hijos Míos, abrid vuestros ojos y oídos y obedeced Mis preceptos. ¿Por qué os enfrentáis a vuestro Padre, que os ha liberado de la muerte? Mirad que los coros de los ángeles cantan: «Justo eres tú, Yahveh» ; porque la justicia del Señor no tiene pliegue alguno: Dios no liberó al hombre por Su poder, sino por Su compasión, cuando envió a Su Hijo al mundo para redimir al género humano. Lanza, si quieres, una bola de barro contra el sol y no lo tocarás, como tampoco hay malévola iniquidad capaz de alcanzar al Señor. Pero tú, oh hombre, que miras el bien y el mal en la ciencia especulativa, ¿qué eres cuando en la turba de las apetencias carnales te envileces? ¿Y qué, en cambio, cuando en ti brillan las diáfanas gemas de la virtud? El primer ángel despreció el bien y codició el mal, que recibió, pues, en la muerte de la perdición eterna, y allí fue sepultado por desechar cuanto es bueno. Pero los ángeles fieles desdeñaron el mal y amaron el bien, viendo la caída del Demonio que quiso derrocar la verdad y erigir la mentira. Por eso se enardecieron de amor por Dios, afianzándose en el firme fundamento del Bien pleno, así que no desean sino cuanto complace al Señor y sin cesar Le glorifican. También el primer hombre conoció al Señor y Le amó con sencillez; al recibir Sus preceptos, se dispuso a acatarlos, pero después se inclinó hacia el mal y desobedeció. Pues cuando el Demonio le sugirió el mal, desechó el bien y cometió iniquidad: así fue arrojado del Paraíso. Por tanto, te apartarás del mal, que concita la perdición de la muerte, y cumplirás el bien por amor a la vida.
Pero tú, oh hombre, al tener memoria del bien y del mal, estás como frente a una encrucijada; porque si entonces rechazaras las tinieblas del mal, queriendo mirar a Aquel cuya criatura eres y al que confesaste en el santo bautismo, donde te fue borrado el viejo crimen de Adán, y dijeras: «Huiré del Demonio y sus obras; en pos del Dios verdadero y Sus preceptos iré», considera, también, cómo se te ha enseñado a apartarte del mal y a obrar el bien, y cómo el Padre Celestial no perdonó ni a Su Unigénito, antes bien, Lo envió para redimirte, y suplica al Señor Su ayuda. Él te oirá favorablemente, y dirá: «Me placen estos ojos». Y si, entonces, te despojas del tedio y caminas gallardamente bajo los mandamientos del Señor, estés donde estés escuchará el clamor de tus plegarias. Deberás, pues, dominar tu carne y subyugarla al poder del alma. En cambio, dices: «Tanta y tamaña carga pesa sobre mi carne, que no soy capaz de superarme; pero, por cuanto el Señor es bueno, me hará bueno. ¿Cómo podría dominar mi carne si soy humano? Dios es bueno: cumplirá en mí todo bien. Cuando Le plazca, podrá hacerme bueno».
Pero Yo te digo: como Dios es bueno, ¿por qué, entonces, desdeñas conocer Su bondad, pues entregó por ti a Su Hijo que te libró de la muerte sufriendo muchos quebrantos y grandes fatigas? Y cuando dices que no puedes obrar el bien, hablas con la iniquidad en la boca. Tienes ojos para ver, oídos para oír, corazón para cavilar, manos para trabajar y pies para caminar: puedes, entonces, con tu cuerpo todo, levantarte y prosternarte, dormir y velar, comer y ayunar. Así te ha creado el Señor. Resiste, pues, las apetencias de tu carne, y Dios te ayudará. Mira que cuando te enfrentas al Demonio, como gallardo luchador a su enemigo, el Señor se complace en tu combate, queriendo que Le invoques noche y día, en todas tus tribulaciones, incesantemente. Pero cuando te niegas a dominar tu carne, le estás dejando celebrar el banquete de los pecados y los vicios, pues le arrebatas las riendas del temor de Dios, con la que debías retenerla para que no vaya a la perdición.
Miras, así, al Demonio, como miró él a la iniquidad cuando cayó en la muerte, el cual, alborozado por tu perdición, exclama: «He aquí uno semejante a nosotros». Y, en ese instante, se abalanza sobre ti, y siembra en tu corazón, según le place, sus caminos, lóbregos rumbos en las sombras de la muerte. Pero el Señor te sabe capaz de hacer el bien. Pues la Ley ha sido fundada según lo que te es posible obrar. Mira que el Señor quiere regocijarse en Sus elegidos desde el principio del mundo hasta la plenitud de los tiempos cuando, fielmente ataviados con el fulgor de las virtudes, sean coronados . ¿Cómo? Resiste, oh hombre, las apetencias de tu carne para que no te desvanezcas en las delicias de este mundo; no plantes tu morada en esta vida con la seguridad del que piensa permanecer siempre en ella: mira que eres un peregrino y tu Padre espera tu regreso, si es que quieres volver con Él, allí donde sabes que está. Así pues, oh hombre, si vuelves tus ojos a los dos caminos, al bien y al mal, aprenderás y entenderás lo grande tanto como lo ínfimo. ¿Cómo? Por la fe comprenderás al Dios Uno según Su Divinidad y según Su Humanidad; y en el mal verás las obras diabólicas. Y cuando conozcas los caminos justos y los injustos, te diré: «¿Por qué camino quieres ir?». Si, entonces, deseas marchar por los caminos del bien y si escuchas fielmente Mi palabra, reza al Señor noche y día con sincera devoción para que te socorra y no te abandone, pues frágil es tu carne; humilla tu cabeza, arranca de tus obras la cizaña y arrójala, pronto, fuera de ti.
Esto es lo que te pide el Señor. Mira que si alguno te ofreciera oro y plomo, diciéndote: «Al que quieras, lleva tu mano», cogerías, ávido, el oro y dejarías el plomo, pues antes que este prefieres aquel. También así quiero que elijas la patria celestial y no el peso de los pecados. Y si cayeras en la culpa levántate pronto con la confesión y la penitencia pura, antes de que nazca en ti la muerte. He aquí que tu Padre quiere oírte clamar, implorar, pedir auxilio para que no permanezcas en la hez del pecado. Si fueras herido, buscarías un médico antes que dejarte morir. ¿Acaso no desata el Señor, muchas veces, tempestades sobre los hombres para que Le invoquen con mayor afán? Pero tú, oh hombre, dices: «No puedo obrar el bien». Entonces te respondo: «Puedes». «¿Cómo?» -Me preguntas. Y te contesto: «Con el entendimiento y la acción». Y tú: «No tengo entereza». «Aprende a luchar contra ti mismo» te digo. «No puedo luchar contra mí mismo, a no ser que Dios me ayude» aseguras al fin. Escucha, pues, cómo lucharás contra ti mismo: cuando surja en ti el mal y no sepas de qué manera ahuyentarlo, entonces, tocado por la caricia de Mi gracia, pues Mi gracia alumbra los caminos de tu mirada interior, al instante clama, reza, confiesa y llora porque el Señor te ayude, y te despoje del mal, y te colme de fuerza para el bien. La ciencia por la que conoces a Dios, a través de la inspiración del Espíritu Santo, es la que te brinda este consuelo. Pues si fueras vasallo de alguno, ¡oh cuántas veces no habrías de realizar trabajos arduos para tu cuerpo! ¿Es que no soportarías muchas tribulaciones por tu salario terreno? ¿Cómo entonces no sirves, por la recompensa celestial, al Señor que te ha dado el cuerpo y el alma? Porque, si quisieras poseer algún bien transitorio, ¡oh cuánto no te esforzarías por tenerlo, aunque sólo lo disfrutaras poco tiempo!
Y ahora, en cambio, te aburre buscar lo infinito. Así como se estimula al buey con la aguijada, deberás apremiar tu cuerpo con el temor de Dios; porque, si haces esto, no te rechazará el Señor. Mira que si un tirano te apresara, rápidamente buscarías a quien pudiera socorrerte; le suplicarías, le implorarías, le prometerías todos tus bienes para que te ayudara. Oh hombre, haz lo mismo cuando la iniquidad te aprese; vuélvete hacia el Señor, suplícale, implórale, prométele que te corregirás, y Dios te amparará. Pero tú, oh hombre, eres ciego para ver, sordo para oír, inútil para defenderte: como nada y como estiércol tienes el entendimiento que Dios te infundió y los cinco sentidos que dio a tu cuerpo. ¿Es que no gozas de entendimiento y ciencia? El Reino de los Cielos habrás de adquirirlo a costa de todos tus bienes, no lo ganarás por azar. Escuchad, entonces, oh hombres, y no desdeñéis la entrada en la Jerusalén Celestial, ni abracéis la muerte, ni reneguéis del Señor y confeséis a Satanás, ni crezcáis en el pecado y desmedréis en el bien. Porque no queréis escuchar al Señor cuando os negáis a caminar bajo Sus preceptos y corréis en pos del Demonio, cuando tratáis de saciar las apetencias de vuestra carne. Restableceos, pues, y sed fuertes, que bien lo necesitáis.
Que el hombre fiel observe su dolor y busque un médico, antes que caer en la muerte. Pues si advierte su dolor y busca un médico, una vez encontrado este, le mostrará la amarga pócima que podrá salvarle: las amargas palabras necesarias para probar si la penitencia proviene de la raíz del corazón, o es ráfaga que la zozobra pone en su boca. Y, ya probado, le dará el vino de la penitencia que lavará la podre de sus heridas, y le ofrecerá el óleo de la misericordia, que las aliviará hasta que sanen. Entonces le encomendará que mire por su salud, diciéndole: «Fíjate bien y toma esta medicina con exactitud y tesón, no seas indolente, que tus heridas son graves». Porque muchos son los que apenas si aceptan la penitencia de sus pecados, pero, al final, aunque con inmensas fatigas, la cumplen por miedo a la muerte. Sin embargo, Yo les tiendo Mi mano y convierto su amargor en dulzura para que culminen en paz esa penitencia que emprendieron con grandes tribulaciones. En cambio, el que omita la penitencia de sus pecados, diciendo que no le es posible castigar su cuerpo, es un miserable: no quiere mirar dentro de sí mismo, ni buscar un médico, ni curar sus heridas, sino que cela en su corazón la funesta llaga, con embozo cubre la muerte para hurtarla a los ojos. Reacio es, pues, a probar la penitencia: no quiere recurrir al óleo de la misericordia, ni pedir el consuelo de la redención; por eso irá a la muerte: por haberla amado, sin buscar el Reino de Dios. Luego, oh fieles Míos, corred bajo los preceptos del Señor, no sea que os atrapen los cepos de la muerte. Revestios del Nuevo Adán y despojaos del hombre viejo: mirad que el Reino de Dios tiene abiertas sus puertas para el que corre, pero cerradas para el que yace en la tierra. ¡Malhadados estos, que adoran a Satanás y que ignoran al Señor! ¿Cómo? No honran al Dios Uno en la Trinidad, ni quieren conocer la Trinidad en la Unidad. Por tanto: que quien desee salvarse no dude en la recta fe católica. ¿Qué significa esto?