25. El alma es la dueña, y la carne, la sierva

El alma es la dueña, y la carne, la sierva. ¿Cómo? El alma, al vivificar todo el cuerpo, lo rige; y el cuerpo se subyuga a ella, aceptando esta regencia de la vivificación: porque si el alma no vivificara al cuerpo, este se disolvería, exánime. Pero cuando el hombre comete una mala obra, consciente el alma, es tan amargo para ella como el veneno para el cuerpo cuando este lo toma a sabiendas. En cambio, el alma goza con la buena obra igual que se deleita el cuerpo con un dulce alimento. Y el alma recorre el cuerpo como la savia el árbol. ¿Qué quiere decir esto? Por la savia verdece el árbol, da flores y, después, frutos. ¿Y cómo alcanzan sus frutos la sazón? Por la temperie del aire. ¿Cómo? El sol lo calienta, la lluvia lo riega, y así por la temperie del aire madura. ¿Qué significa esto? La misericordia de la gracia de Dios, como el sol, iluminará al hombre; la inspiración del Espíritu Santo, como lluvia, lo regará; y así, el discernimiento, como buena temperie del aire, llevará sus frutos a la sazón.