16. La vida y el alma del niño

Luego viste la imagen de una mujer que tenía una forma humana íntegra encerrada en su vientre: al concebir la mujer con la simiente humana se gesta, en el oculto habitáculo de su vientre, un niño con todos sus miembros. Y he aquí que, por secreto designio del Supremo Creador, esa forma de hombre realizó un movimiento como señal de vida: pues cuando, por insondable y secreto mandato y voluntad del Señor, el niño recibe el espíritu dentro del útero materno, en el tiempo oportuno y señalado según disposición divina, muestra que está vivo por el movimiento de su cuerpo, como la tierra se abre y la flor brinda su fruto al caer el rocío sobre ella. Entonces una esfera de fuego sin rasgo humano alguno inundó el corazón de esa forma: porque el alma, que arde en el fuego de la profunda ciencia, discierne los distintos elementos del ámbito que abarca y, desprovista de forma humana -pues, a diferencia del cuerpo humano, no es tangible ni transitoria-, conforta el corazón de los hombres, fundamento del cuerpo que lo rige entero, a semejanza del firmamento celeste que alberga lo inferior y alcanza lo superior. Y tocando su cerebro: con sus energías no sólo entiende lo terreno, sino también lo celeste, pues conoce sabiamente al Señor. Se expandió a lo largo de todos sus miembros: brinda lozanía a la médula, a las venas y a todos los miembros del cuerpo entero como el árbol da, desde sus raíces, savia y verdor a todas sus ramas. Después, la misma forma de hombre, así vivificada, salió del útero de la mujer y, según los movimientos de la esfera en su seno, cambiaba de color: cuando el hombre ha recibido el espíritu vivificante en el útero materno y nace, empezará a moverse según las obras que realice su alma con el cuerpo, y según sean esas obras serán también sus méritos, así que el bien le revestirá de luz, y el mal, de calígine.