7. Cómo reprimir la ira, el odio y la soberbia

Cuando la ira quiera incendiar mi tabernáculo, miraré la bondad del Señor, al que jamás alcanzó la ira; seré, entonces, más suave que la brisa que rocía los eriales con su frescor; y el júbilo del espíritu me colmará cuando las virtudes empiecen a mostrar en mi corazón su lozanía. Así es como siento la bondad del Señor.
Pero cuando el odio intente entenebrecerme, contemplaré la misericordia y el martirio del Hijo de Dios, y así subyugaré mi carne; entonces, con este fiel recuerdo, me llegará de las espinas el suave aroma de las rosas: y así es como reconozco a mi Redentor.
Y cuando la soberbia trate de levantar en mí la torre de la vanidad, sin cimientos de piedra, erigir esa cúspide que no desea rivales y siempre descolla, ¿quién me ayudará si la antigua serpiente, que queriendo encumbrarse por encima del mundo cayó a la muerte, intenta abatirme con ella? Entonces, llena de quebranto, clamaré: «¡Dónde estás, Rey mío y Dios mío! ¿Qué bien puedo hacer sin el Señor? Ninguno». Así miraré a Dios, que me ha dado la vida, y correré hacia la Virgen bienaventurada, que holló la soberbia de la antigua caverna: en firme piedra de la casa del Señor me convertiré, y el codicioso lobo, estrangulado por el arpón de la divinidad, ya nunca prevalecerá sobre mí. Y así es como conozco, en la excelencia del Señor, el suavísimo bien de la humildad; y siento la calma del bálsamo inagotable, alborozada en la dulzura del Señor, como aspirando el olor de todos los aromas. Entonces la humildad será mi fuerte escudo: amparada en ella rechazaré todos los vicios.