21. Palabras del Evangelio
«Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas» . Así dice: la luz de estas luminarias está para servir a los hombres, y en sus revoluciones se manifiesta el tiempo de los tiempos. Por tanto, cuando llegue la plenitud del mundo, con Mi permiso anunciarán días de quebranto y tribulación: los rayos del sol, el reverberar de la luna y la claridad de las estrellas se apagarán entonces para que los corazones de los hombres se estremezcan. Así también, una estrella anunció, por voluntad Mía, la Encarnación de Mi Hijo. Sin embargo, el hombre no tiene una estrella propia que rija su vida, como algunos necios, en su desatino, tratan de probar; sino que todas las estrellas están, por igual, al servicio de todos los hombres. Y si esa estrella resplandeció con mayor brillo que las otras, fue porque Mi Unigénito nació, a diferencia de los demás hombres, en un parto virginal sin pecado; pero no Le prestó ayuda alguna, salvo la de anunciar fielmente Su Encarnación al pueblo; porque las estrellas todas y las criaturas que Me temen sólo cumplen Mis mandatos, y no poseen ciencia alguna sobre el acaecer de las demás. Sí, cuando Me complace, las criaturas revelan Mis designios, como un orfebre que, al fabricar una moneda, graba en ella una determinada figura: la moneda sólo mostrará esa imagen que le fue labrada, pero no tendrá potestad alguna por el grabado que ostente, ni sabrá cuándo querrá el artesano modificarlo, porque no podrá discernir si su forma durará mucho o poco tiempo. ¿Qué quiere decir esto?
Oh hombre, imagina ante ti, en el suelo, una piedra en la que, fijándote mucho, interpretaras ciertos signos de lo que te aguarda en tiempos venideros y que, entonces, según tu falsa conjetura, afligido por el infortunio o alborozado por la dicha, exclamaras: «¡Maldición, voy a morir!»; o por el contrario: «¡Albricias, viviré!»; o bien: «¡Cuánta desventura!»; o en cambio: «¡Qué gran dicha veré!»; dime: ¿en qué te habrá aprovechado esta piedra, y qué te dará o qué te arrebatará, si no puede ni dañarte ni favorecerte?
Asimismo: ni los indicios que descifres en las estrellas, o en el fuego, o en las aves, o en cualquier otra criatura semejante, podrán perjudicarte o ayudarte. Porque si te encomiendas a una criatura, hecha para servirte, y Me desprecias, entonces también Yo, por justo juicio Mío, apartaré de ti Mis ojos y te arrebataré la dicha de Mi Reino. Mira: no quiero que escrutes las estrellas, ni el fuego, ni las aves ni otras criaturas semejantes en pos de lo venidero, pues si con pertinacia porfías en escudriñarlas, tus ojos Me afrentarán y te abatiré como al ángel perdido, que se exilió de la verdad y él mismo se precipitó en la condenación.
Oh hombre, ¿dónde estabas tú cuando formaba Yo las estrellas y las otras criaturas? ¿Tal vez aconsejaste a Dios cómo crearlas? Pero la soberbia de tamaña curiosidad surgió en el primer cisma: cuando los hombres relegaron a Dios al olvido y, un pueblo tras otro, escudriñaron con arrogancia las criaturas, buscando en ellas distintos indicios sobre lo venidero. Así se alzó el error de Baal: los hombres adoraban, repletos de engaños, a una criatura del Señor en lugar de al mismo Dios, a lo que les instigó la irrisión diabólica, porque como volvieron los ojos a la criatura en vez de al Creador, quisieron saber lo que no debían.