Tercera visión
EL UNIVERSO

Luego vi un gran instrumento redondo y umbroso, semejante a un huevo, estrecho por arriba, ancho en su mitad y algo más ceñido en la parte inferior; por fuera rodeaba todo su contorno un brillante fuego, con una piel de tinieblas bajo él. En ese fuego había un globo de rojizas llamaradas y de tal magnitud que alumbraba todo el instrumento; por encima de él, tres teas ordenadas en hilera vertical sostenían con sus llamas el globo para que no cayera. A veces este globo se elevaba; entonces, una gran cantidad de fuego iba a su encuentro y lanzaba llamas más largas; otras veces, el globo descendía y acudían a él raudales de frío, por lo que sus llamas se amortiguaban. Pero del fuego que rodeaba este instrumento irrumpió una ráfaga de aire con torbellinos, y de la piel bajo él salió rebullendo otra ráfaga con torbellinos, que se extendieron por doquier en el instrumento. En esa misma piel había un fuego tenebroso, tan terrible que ni siquiera podía mirarlo, y que fustigaba con su ímpetu la piel toda, lleno de estampidos, de tempestades y de afiladísimas piedras, grandes y pequeñas. Mientras hacía retumbar sus truenos, el fuego brillante, los vientos y el aire se estremecían, de manera que los relámpagos precedían a los truenos, pues el fuego sentía en su seno el primer agitarse de los estampidos.
Pero bajo esta piel había un éter purísimo, sin otra piel debajo, y en el que vi un inmenso globo de fuego incandescente, con dos claras teas encima, que lo encauzaban en su trayectoria. El éter albergaba en todo su ámbito muchas esferas radiantes, sobre las que este globo, a veces, aliviaba un tanto su fuego, enviándoles su claridad; luego tornaba junto al globo de rojizo fulgor, restablecía sus llamas en él, y de nuevo las lanzaba sobre las esferas. Y del éter brotó una ráfaga de aire con torbellinos, que se extendía por doquier en el instrumento.
Y bajo el éter vi un aire acuoso, con una piel alba debajo que, desplegándose de aquí a allá, llevaba humedad a todo el instrumento. A veces, se contraía de pronto, y desencadenaba un raudo torrente de aguas fragorosas; luego se distendía sosegadamente y derramaba una tenue lluvia de suave cadencia. Vero de aquí también brotó una ráfaga de aire con torbellinos, que se extendió por doquier en el instrumento.
Y, en medio de estos elementos, había un enorme globo de arena que, rodeado por ellos, no podía desplazarse ni a un lado ni a otro. Mas la fuerza del entrechocar los elementos con el embate de las ráfagas de aire, a veces lo movía ligeramente.
Entonces vi, entre el Aquilón y el Oriente, un monte muy grande, cubierto de lóbregas sombras por el lado del Aquilón, y de una inmensa luz por el lado de Oriente, pero de tal manera que ni las tinieblas alcanzaban la luz, ni la luz a las tinieblas.

Luego oí una voz que me decía desde el cielo: