24. Canto a la castidad

Pero, ahora, os hablo a vosotras, Mis ovejas bienamadas, plantadas en Mi corazón, semillas de castidad. Sí: Yo fui el que sembró la virginidad, porque también Mi Hijo nació de una virgen. Por eso es el más bello fruto de entre todos los frutos del valle, y es imponente, más que toda la nobleza que en la Morada del Rey Eterno habita; que no está subyugada al precepto de la ley, pues trajo a Mi Hijo Único al mundo. Así que prestad oído cuantos queráis seguir a Mi Hijo en la inocencia de la libre castidad o en la soledad de la desconsolada viudez; pues aunque la virginidad, inmaculada desde el principio, sea más noble que la viudez, otrora oprimida bajo el yugo del varón, esta puede seguir los pasos de aquella, transcurrido el dolor tras la pérdida del cónyuge.
Mi Hijo soportó infinitos quebrantos en Su cuerpo y padeció la muerte de la cruz; así que también vosotros sufriréis muchas tribulaciones por Su amor, cuando triunféis sobre lo que sembró el deleite del pecado por el sabor de la manzana. Para eso habréis de retener en vuestra semilla los torrentes que brotan del incendio del placer, pues no podéis ser tan castos que no aflore veladamente en vosotros la frágil ternura humana. Y, en esta lucha, deberéis imitar la Pasión de Mi Hijo, resistiéndoos a vosotros mismos: extinguiréis la ardiente llama del placer, os despojaréis de los arrebatos y mudanzas de este mundo, de la ira, la soberbia, la jactancia y los demás vicios, y combatiendo duramente alcanzaréis la victoria. He aquí que estas batallas, llenas de luz, de fruto repletas, son para Mí más luminosas que el sol y dulces, más que la caricia de todos los aromas; porque sufrís un quebranto semejante al de Mi Hijo cuando holláis, en tan fiero combate, el ardor del placer en vuestro corazón. Y si así perseveráis, seréis glorificados en el Reino de los Cielos.
Oh dulcísimas flores, los ángeles se admiran de vuestra lucha: derrotáis a la muerte, la venenosa sombra de este mundo no os ha mancillado; y, aun teniendo un cuerpo carnal, tanto lo mortificáis, que seréis sus compañeros en la gloria: igual que ellos, diáfanos luciréis. Alegraos, pues, de perseverar así; porque si fielmente Me dais la bienvenida, si al oír Mi voz se colman de júbilo vuestros corazones, estaré con vosotros; como enseño en una visión secreta de Mi bienamado Juan, diciendo: