15. Palabras de la Sabiduría

«Las almas de los justos están en las manos de Dios y no les alcanzará tormento alguno» . Así dice: las almas de cuantos abrazan la senda de la rectitud con devoto amor en sus obras están en manos del Auxiliador Supremo, así que, por estas obras con las que se elevan hacia la altura de la justicia en pos de los cielos, no les quebrantará el tormento de la perdición, porque la luz verdadera los apacienta en el temor y en el amor de Dios. Ahora bien, después de que Adán y Eva fueran expulsados del jardín de las delicias, conocieron la obra de concebir y parir hijos. Pero como al caer en la muerte por su desobediencia percibieron la dulzura del pecado -cuando supieron que podían pecar-, transformaron la justicia de esta obra procreadora que Yo instituí en placer ignominioso; y, aunque debían saber que la agitación de sus venas no era para la dulzura del pecado, sino por amor de los hijos, la entregaron a la lujuria, bajo el hechizo del Demonio: al perder la inocencia de la procreación, la condenaron a la culpa. Así que esto no ocurrió sin la persuasión del Demonio, que lanzó sus dardos contra esta obra para que no se consumara sin su maleficio, cuando dijo: «He aquí mi fuerza: la procreación de los hombres; por tanto, el hombre es mío». Y, comprendiendo que el hombre participaría de sus tormentos al seguirle, murmuró de nuevo para sí: «Todas las iniquidades son contrarias al Dios Todopoderoso, pues no hay en Él injusticia alguna». Entonces, el asechador ocultó esto con gran sigilo en su corazón: si un hombre, por propia voluntad, se comprometía con él, no podría librarse de sus cepos.
Por eso albergaba Yo el secreto designio de enviar a Mi Hijo para redimir a los hombres y que pudieran regresar a la Jerusalén Celestial. Ninguna iniquidad pudo oponerse a este designio Mío, porque cuando Mi Hijo vino al mundo, reunió a Su alrededor a todos los que quisieron escucharle y seguirle abandonando el pecado. Pues Yo soy justo y recto y no Me complazco en la iniquidad a la que tú, oh hombre, abrazas, sabiendo que puedes hacer el mal. Porque Lucifer y el hombre intentaron ambos, cuando fueron creados, rebelarse contra Mí y no pudieron mantenerse en pie, al caer del bien y elegir el mal. Pero Lucifer abarcó todo el mal y rechazó todo el bien y, sin probarlo siquiera, se precipitó en la muerte. En cambio, Adán saboreó el bien al aceptar la obediencia, aunque apeteció el mal y, llevado de su ambición, lo cometió cuando se alzó en rebeldía contra el Señor. Por qué sucedió esto, no es tarea tuya, oh hombre, indagarlo, ni qué ocurrió antes del comienzo de los tiempos, o qué pasará cuando llegue el último día: nada de todo esto puede saber el mortal, pues sólo Dios lo conoce, salvo lo que revele Él a Sus elegidos.
Pero esa fornicación común entre los hombres es abominable ante Mi faz, porque, en el principio, creé al varón y a la mujer en la pureza y no en el oprobio. Por tanto, esos hipócritas en cuya opinión les es lícito fornicar, según los apetitos animales, con quienes deseen, son indignos a Mis ojos; pues despreciando la honra y la altura de su razón, miran a las bestias y a ellas se asemejan. ¡Ay de aquellos que así vivan y en esta ignominia porfíen!