3. Los pobres de espíritu

Y delante de ella estaba la imagen de un niño ataviado con una túnica pálida, pero con blanco calzado: el temor de Dios precede y los pobres de espíritu le siguen; pues el temor de Dios sostiene con fuerte mano en la humilde devoción a la bienaventurada pobreza de espíritu, que no ansia la jactancia ni encumbrar el corazón, sino que ama la sobriedad y sencillez de alma, consagrando sus obras de justicia no a sí misma sino al Señor, en la palidez de la sumisión como pálida túnica, y siguiendo fielmente los serenos pasos del Hijo de Dios.
Sobre su cabeza descendía una claridad tan intensa, procedente de Aquel que estaba sentado en la cima del monte, que no fuiste capaz de mirar su rostro: es tanta la serenidad con que Aquel, que loablemente gobierna todo lo creado, infunde el poder y la fuerza de esta bienaventuranza en Su visitación, que con tu frágil y mortal mirada no puedes captar Sus designios, pues Él, que posee las riquezas celestes, Se sometió humildemente a la pobreza.